domingo, 9 de septiembre de 2012

EL DULCE TORMENTO DE SAN SEBASTIÁN


                                              Cuando oigo a hombres curtidos de Mota, a los que escuchaba de niño decir la palabra maricón con desprecio, decir ahora la palabra gay con respeto, siento hasta qué punto este pequeño pueblo que me vio nacer se ha vuelto amable y tolerante. Dedicado a todos aquellos que pagan un precio por atreverse a ser ellos mismos.

Son multitud las representaciones del martirio de San Sebastián, aunque ninguna tiene el poder de agotar el espacio numinoso del mito. Pero si buscáramos un denominador común a todas ellas siempre nos toparíamos con dos significados, uno más aceptable e ilustrado, el otro más impertinente y posmoderno.
La imagen simboliza en primer lugar el sacrificio del héroe que  da la vida por sus principios, la persona íntegra que decide asumir sin cálculo el coste de su libertad. San Sebastián, general romano convertido al cristianismo, fue ejecutado por negarse a obedecer la orden del emperador Diocleciano que le exigía abjurar de su fe. Encarna pues al idealista, la fuerza invencible de la conciencia frente a las exigencias del mundo.
Pero al mismo tiempo y por una suerte de broma sagrada, el martirio de San Sebastián, desviándose de la intención original de sus promotores eclesiásticos, que pretendían utilizar los suplicios como prueba pública de la verdad cristiana, pasó a convertirse en la sombra misma del cristianismo triunfante, represivo y homófobo: en un icono de la comunidad gay.
A lo que ayudó no solo la coherencia extrema del santo, sino la belleza y sensualidad de su figura masculina, su provocativa desnudez, así como la actitud pasiva, marcadamente femenina, de su expresión, que antes que a casta devoción invitaba al solaz desenfreno, a la dulce concupiscencia, permitiendo a los fieles         –clérigos incluidos– orar sin culpa, en medio de un pecaminoso cosquilleo.
Al igual que el éxtasis de Santa Teresa de Bernini, los elementos espirituales de la imagen dejan entrever un erotismo soterrado que bulle y palpita en su interior. Piedra de escándalo para una fe mojigata y puritana, que sataniza el cuerpo y penaliza el disfrute. Sin saber que lo prohibido acaba siempre por desbordar los tristes cauces que lo censuran, en este caso para fundirse con el dolor extremo.
En San Sebastián el martirio se transforma en éxtasis, el ascesis en preámbulo de la entrega carnal. Tal vez por ello la expresión del santo, herido y humillado por íntimo amor a Cristo, es de gozo, como si las saetas que penetran su carne, la exhibición de su cuerpo desnudo ante los verdugos, el rito voluptuoso de la sangre  pudieran hacer visible el paso orgásmico al paraíso.
Pero el idealista y el icono gay que el mito relata, lejos de contradecirse, son la luz y la sombra del proyecto cristiano, que es en cierto modo la historia misma de occidente. El hombre íntegro es el cristiano perseguido, la comunidad de las víctimas, la iglesia de las catacumbas, la religión del amor. El homosexual herido y saeteado señala, al contrario, al cristianismo perseguidor, la ferocidad del poder, la administración del miedo, la iglesia de Roma. San Sebastián sintetiza como ningún otro símbolo al cristiano reprimido por su fe y el gay reprimido por los cristianos. 
Extraña y sugerente paradoja que esta fotografía tiene el valor de ilustrar, tal vez con el ambicioso propósito de hacerla desaparecer de un universo social sobre el que sigue planeando  el prejuicio y la intolerancia. La presencia a la vez incómoda y cautivadora de la imagen, entregada sin ironía ni ánimo irreverente al dulce tormento, nos recuerda que no hay salida al dilema: o somos San Sebastián o somos sus verdugos.

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